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¿Cómo sabemos de qué color era un moa?

PALEODEX · 19 de septiembre de 2026 · 7 min de lectura

No existe ninguna fotografía de un moa, ni podría existir. Y aun así el color de su plumaje no es una suposición.

Una pintura de un ave grande no voladora de pie sobre pasto seco bajo un cielo pálido. Tiene el cuello largo y desnudo, la cabeza pequeña con un pico corto y curvado hacia abajo, y un cuerpo pesado y redondeado sobre patas gruesas y grises que terminan en tres dedos anchos con garras oscuras. El plumaje es marrón oscuro, salpicado por todas partes de finas rayas claras.
La restauración de un moa de montaña (Megalapteryx) que pintó George Edward Lodge en 1907, lámina 41 de Extinct Birds de Walter Rothschild. Es una reconstrucción, no un ejemplar, y es un siglo anterior al trabajo del que habla este texto. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

El color suele ser lo primero que pierde el registro fósil y lo último que devuelve. En casi cualquier animal extinto, el color que ves en el mural de un museo es la decisión de quien pintó. En cuatro especies de moa es una medición, y la razón resulta casi decepcionante de tan simple: las plumas siguen siendo plumas.

Ni una foto, ni un testigo

Los moa de Nueva Zelanda ya no estaban hacia 1445. Eso es unos dos siglos antes de que Abel Tasman avistara el país en 1642, y unos cuatrocientos años antes de que Louis Daguerre publicara un procedimiento fotográfico utilizable, en 1839. Hay relatos de avistamientos del siglo XIX y ninguno se sostiene; la posición asentada es que la supervivencia del moa más allá del siglo XV es altamente improbable. Así que ningún europeo vio un moa vivo, nadie fotografió ninguno, y cualquier imagen de un moa en pie —incluida la que abre esta página— es la reconstrucción de alguien.

Una lámina impresa y grabada. A la izquierda, un hombre mayor con una larga toga académica está de pie, con una mano extendida y la otra apoyada sobre un hueso que sostiene en vertical. A su lado, más alto que él, se alza el esqueleto montado de un ave grande: dos huesos largos de pata sobre pies abiertos con garras, una pelvis ancha, una caja torácica y una columna estrecha de vértebras que sube hasta un cráneo pequeño.
Richard Owen, que dio nombre al moa, junto a un esqueleto montado de Dinornis hacia 1877. Europa conoció a este animal como huesos y nada más. Lámina de The Life of Richard Owen (1894), firmada "Smit"; autor por lo demás no identificado. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Lo que guarda un abrigo rocoso seco

Central Otago, en la Isla Sur de Nueva Zelanda, es seco. Lo bastante seco como para que sus abrigos rocosos conserven plumas sueltas de moa: no películas carbonizadas ni impresiones minerales en la roca, sino plumas de queratina de verdad, caídas en el suelo de un abrigo y sencillamente dejadas en paz. En 2009, Nicolas Rawlence, Jamie Wood, Kyle Armstrong y Alan Cooper publicaron un estudio sobre diecinueve de ellas, excavadas en tres abrigos: Sawers', Roxburgh Gorge B y Roxburgh Gorge C.

Que las plumas nunca se mineralizaran es la razón de ser de toda esta historia. La mineralización sustituye el material original. Aquí no se sustituyó nada, así que sobrevivió la queratina y, dentro de ella, el pigmento. Todo lo hizo la sequedad. Si leíste nuestra pieza sobre cómo el ADN antiguo no solo sobrevive congelado, este es el mismo principio haciendo otro trabajo.

Una vitrina de museo. Un disco de acrílico transparente y redondo está montado en vertical, con alrededor de una docena de plumas sueltas fijadas a su cara. Son largas, delgadas y muy abiertas, con barbas separadas que salen de cada raquis, de modo que parecen más pelo que lámina. Los raquis son marrones y las barbas de un gris pardo claro. La pared de la vitrina es verde oliva liso y el suelo está cubierto de grava rojiza.
Plumas de moa expuestas en el Canterbury Museum. Sueltas, caídas, y nunca convertidas en piedra. Foto: Szilas, dominio público, vía Wikimedia Commons.

Por qué el ADN antiguo entra en esta historia

Este es el paso que resulta fácil saltarse. Una pluma suelta en el suelo de un abrigo no se puede asignar a una especie a simple vista. Es una pluma. No viene etiquetada, y los dos tipos de pluma que describe el estudio atraviesan las especies en lugar de identificarlas. Sin especie, "pluma de moa" es todo lo que tienes, y un color sin un ave a la que pertenezca no vale gran cosa.

Así que el ADN no está en este trabajo para reconstruir nada. Está para responder de quién es esta pluma, y ahí está además el avance metodológico. Los protocolos de extracción solían ignorar las partes distales de la pluma, el raquis y las barbas, porque se daba por hecho que ahí no quedaba ADN amplificable: se trataba la base del cañón, el cálamo, como la única fuente aprovechable. Es una suposición incómoda en un depósito subfósil, donde la parte alta del tallo y el estandarte son justamente lo que suele sobrevivir. Rawlence y sus colegas sacaron ADN del tallo y de las barbas, y con él asignaron plumas a cuatro especies: moa de montaña (Megalapteryx didinus), moa gigante de la Isla Sur (Dinornis robustus), moa de patas robustas (Euryapteryx gravis) y moa de patas pesadas (Pachyornis elephantopus).

La pata desecada de un ave y la parte baja de su pierna, iluminadas sobre fondo negro liso. La piel se ha encogido y endurecido sobre el hueso, arrugada y escamosa, del color del cuero viejo. Tres dedos se abren desde la articulación y cada uno termina en una garra gruesa y curva. Detrás, el hueso desnudo de la pierna se extiende hacia un lado, pálido y liso, y alrededor del tobillo asoman unos cañones finos de color paja.
Una pata desecada de Megalapteryx didinus. Piel, escamas, garras y unos pocos cañones: secados, no mineralizados. Foto: © Te Papa, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.

El color no necesitó ninguna inferencia

Conviene separar esto con cuidado de la investigación más conocida sobre color en plumas fósiles. En ese trabajo —del tipo que se aplicó a Archaeopteryx— el color se infiere de la forma y la disposición de los melanosomas conservados en un fósil comprimido, y la inferencia se discute de verdad.

Aquí no ocurre nada de eso. El pigmento sigue dentro de la pluma, así que el color se mide en vez de modelarse. El estudio describe dos tipos de pluma. El primero es "tostado a marrón claro en la base, que oscurece hasta marrón oscuro o negro en la punta", y da un plumaje liso, apenas veteado. El segundo es "marrón oscuro o negro en sus dos tercios basales y blanco en la punta", y da un patrón moteado. Como lo resumió Rawlence entonces, "aunque muchas de las especies tenían un plumaje marrón relativamente liso, de camuflaje, algunas tenían plumas de punta blanca que creaban un aspecto moteado".

¿Y si se había desteñido?

Esa es la objeción evidente, y la respuesta es lo mejor del artículo. Las plumas viejas en el cajón de un museo sí se destiñen. Si estas lo hubieran hecho, el color leído en ellas sería el color de un objeto y no el de un ave.

El equipo tenía un control en el mismo sedimento. El perico maorí cabecirrojo sigue vivo en Nueva Zelanda, y en las capas con plumas de moa de Roxburgh Gorge C había plumas subfósiles de perico. Así que la pregunta se volvió contestable: toma un ave cuyo color vivo puedas salir a comprobar, y compara sus plumas viejas con las nuevas.

Lo hicieron como corresponde. Las plumas antiguas y otras recientes se fotografiaron sobre fondo blanco con un ajuste fijo de cámara, a una distancia estándar de 300 mm y con una distancia focal de 35 mm, con iluminación fluorescente a 300 mm por encima. Junto a cada fotografía se pusieron tres cartas de color Munsell, se leyeron en la imagen sus valores de rojo, verde y azul y se ajustaron contra los valores conocidos de las cartas, de modo que la comparación quedó calibrada y no juzgada a ojo. El resultado: el color de las plumas subfósiles de perico "reflejaba fielmente el de las plumas modernas", y cualquier desteñido fue mínimo.

Un loro pequeño y verde posado en una rama cubierta de líquenes a plena luz del día, visto de perfil. El cuerpo y la cabeza son de un verde hierba, con una mancha carmesí en la frente sobre el pico y una franja carmesí que corre hacia atrás a través del ojo. El ala plegada muestra una banda azul intenso a lo largo de las plumas de vuelo. El pico es de un gris azulado pálido con la punta oscura.
Un perico maorí cabecirrojo, Cyanoramphus novaezelandiae. Sus plumas estaban en las mismas capas que las del moa, y el ave sigue aquí para poder compararla. Foto: Charles J. Sharp, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Un número con el que hay que tener cuidado

Verás a menudo estas plumas descritas como de al menos 2.500 años, o de entre 2.000 y 3.000 años. Esa cifra no está en el artículo. Rawlence y sus colegas no dan ninguna datación por radiocarbono de las diecinueve plumas que analizaron, y describen los depósitos solo como Holoceno tardío. El número viene de entrevistas de prensa de los autores en 2009. Puede que sea bastante acertado. Sencillamente conviene saber qué está publicado y qué es un científico hablando con un periodista, una distinción que intentamos mantener a la vista en cómo tratamos las fuentes.

Lo que el estudio no afirma

Hay un resultado fácil de exagerar, así que aquí va con cuidado. El patrón moteado, de punta blanca, solo se conocía hasta entonces en el moa de montaña, por plumas todavía adheridas in situ a restos momificados, que siguen siendo la atribución de plumaje a especie más firme que existe. Los resultados de 2009 sugieren que el moteado "pudo estar presente tanto en el moa de patas pesadas como en el de montaña". No se le quitó nada al moa de montaña y no se reasignó nada. Un patrón que se conocía en una especie puede resultar compartido con otra, que es una afirmación más pequeña y más honesta de lo que suele contarse.

Por qué esto está en PaleoDex

Porque "¿cómo lo sabemos?" casi siempre tiene una respuesta más interesante que el dato en sí. El color de un moa no es un triunfo del modelado. Es lo que pasa cuando una pluma cae en un sitio seco y nadie la molesta durante muchísimo tiempo, más el ADN suficiente para decir qué ave la dejó, más un loro que tuvo la amabilidad de seguir existiendo. El resto del catálogo, con el mismo criterio de fuentes, está en el Fossil Dex.

Fuentes

Cada afirmación de arriba remite a las fuentes de abajo. Cuando nos apoyamos en la lectura que otra persona hizo de una fuente, lo decimos.

Deliberadamente fuera de esta pieza. Cómo desaparecieron los moa, y qué más desapareció con ellos. Son preguntas propias, con sus propias evidencias, y este texto va de un método, no de un final.
// PALEODEX

Lo bueno está en los detalles.

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